Día Mundial del Olivo 2025

Agua para el aceite

Por Antonio Luque LuquePresidente de Dcoop

Miércoles 26 de noviembre de 2025
Como cultivo milenario que es, el olivo ha pasado por diferentes avatares en su historia: se expandió por la Cuenca del Mediterráneo y hoy está plantado en otros lugares del planeta; en las últimas décadas, pero especialmente desde hace 50 años hasta nuestros días, las mejoras oleotécnicas se han traducido en la proliferación de aceites de cada vez mayor calidad; la mecanización y mejoras agronómicas han logrado que se produzca más y mejor; y los descubrimientos sobre sus bondades saludables como la mejor grasa que puede consumir el ser humano han ayudado a introducirlo en otras culturas gastronómicas. Desde el punto de vista comercial, podemos decir que los crecimientos de producción se han visto acompasados en mayor o menor medida con los de comercialización, desde la perspectiva de varias campañas y con altibajos en los precios.

Sin duda, podemos sentirnos orgullosos del trabajo realizado por todos para que el olivo, el aceite y la aceituna sigan siendo en la actualidad el motor de desarrollo de muchos pueblos, generando riqueza y empleo, y dando vida a las zonas rurales.

Pero en los últimos años estamos sufriendo un nuevo desafío al que sin duda deberemos dar respuesta si queremos disponer de una estrategia ganadora y rentable. Ya sea atribuido a un amplio ciclo de sequía o al impacto del cambio climático, lo cierto es que las grandes zonas productoras tradicionales están estresadas por la falta de lluvia, salvo excepciones. Venimos arrastrando años de pluviometría más bien escasa e irregular, con comarcas donde ha llovido mucho y otras donde apenas ha habido precipitaciones. En este año que acaba nos encontramos con una primavera lluviosa que preparó el olivo para una cosecha media y, sin embargo, nos ha fallado clamorosamente el otoño. Así, en la zona central y oriental de Andalucía prácticamente no ha llovido en el momento de escribir esta tribuna, con un inicio de estación (septiembre y octubre) tan seco como no se recuerda. Esto impacta negativamente en las producciones y pone en jaque a las explotaciones.

Además, nos encontramos con grandes paradojas. A lo largo de mi carrera profesional -coincidiendo en ello con otros muchos colegas- siempre he defendido la necesidad de adaptar nuestros olivares a las nuevas circunstancias. Esto se traduce en que debemos hacer un diagnóstico de nuestra explotación y aplicarle una receta, que será siempre la misma para todas, pero que pasa necesariamente por tareas como el acceso al agua, la mecanización, la reconversión o la derivación hacia producciones certificadas como el aceite con DOP o ecológico. Esta diversidad se acusa en el momento actual con explotaciones que -al disponer de agua- han tenido grandes cosechas aprovechándose asimismo de precios altos, que conviven con otras en estado de sequía sin apenas cosecha. Por tanto, el elemento diferenciador reside en el acceso a los recursos hídricos, algo que se acentuará en el futuro si continuamos por este camino climático.

En resumen, aquellos olivares con acceso al agua son mucho más competitivos y rentables frente a los del rabioso secano en estos años de sequía. Ante esto, podemos flagelarnos y lamentarnos o actuar. Quien me conoce sabe que claramente estoy en lo segundo. Llevo años reclamando públicamente que se propugne una mejor política de gestión hídrica, donde cada actor tiene su papel. No conozco a ningún olivarero que no esté dispuesto a invertir para acceder al agua, porque no se trata de un capricho ni cuestión ideológica; simplemente lo que el campo reclama es agua para producir alimentos.

Pero esto es algo que debe concebirse de forma global: aquí sobran las disputas cortoplacistas de los partidos políticos y faltan planes a largo plazo que doten de recursos a las explotaciones. Amplíese la capacidad de almacenamiento, facilítese la intercomunicación de cuencas, aprovéchese cada gota de aguas residuales depuradas que ahora están siendo desperdiciadas, redúzcase la burocracia, investíguese para la generación de más recursos hídricos, inviértase en modernizar las conducciones y sistemas de riego… Hay muchas cosas que hacer y vamos con retraso, pero hay que empezar ya. Entre tanto, atónitos, observamos cómo se desbordan ríos cuyo sobrante se desperdicia, no acaban de concluirse infraestructuras hidrológicas que ayudarían a paliar la situación o se desaprovechan hectómetros cúbicos por falta de voluntad política. Existen recursos hídricos, lo que no queremos -o no sabemos- es gestionar el agua. Y si no queremos contemplar un desierto donde malvivan nuestros olivos, hay que actuar ya. Por tanto, en mi opinión, el acceso al agua es la principal estrategia ganadora para que nuestros olivares sean rentables.

Dicho esto, no quiero dejar pasar otras cuestiones que en mi opinión deben abordarse. De un tiempo a esta parte, se ha abierto el camino a la aplicación de nuevas tecnologías que van desde el uso de la Inteligencia Artificial en labores agronómicas a la mecanización en la recogida. Esto no sólo ayuda a ser más eficientes reduciendo costes, sino que además confronta con uno de los problemas a los que se enfrentan las labores del campo en nuestros días: la falta de mano de obra. Todo ello obliga a una mayor especialización en los trabajos y, consecuentemente, a una formación más técnica, lo que, junto al asesoramiento de los profesionales del campo, va a constituir uno de los retos más importantes en el futuro.

En cuanto al mercado, está claro que debemos seguir explorando y abriendo nuevos horizontes sin olvidarnos de los ya maduros. Se trata de un trabajo lento pero irrenunciable, puesto que existe una gran posibilidad de desarrollo para el aceite de oliva como grasa vegetal comestible. Para contribuir a esa potenciación del consumo, debemos seguir invirtiendo en promocionar y encontrar bondades saludables en el zumo natural de aceituna, un producto emblemático también desde el punto de vista cultural y etnográfico. Y para evitar altibajos en los precios -que deben ser buenos para toda la cadena, desde el productor al consumidor-, debemos contar con herramientas que puedan regular las cotizaciones.

Por último, no quiero olvidarme de la irrenunciable apuesta por la calidad y la lucha contra todo vestigio de fraude, una tarea en la que debemos centrar nuestros compromisos y esfuerzos.

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