El sector del olivar y del aceite de oliva constituye una pieza clave en nuestro sistema agroalimentario, tanto por su importancia económica, social y territorial, como por su relevancia en nuestra Dieta Mediterránea. Por estos motivos, es uno de los sectores prioritarios a los que, desde el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, dedicamos una especial atención.
En los últimos años se han desarrollado actuaciones para, junto con el sector, incrementar la rentabilidad del cultivo que, al igual que otros sectores agrícolas, tiene que hacer frente a distintos retos como el cambio climático, la mejora en los procesos productivos, incluido un uso más racional de los recursos naturales, o la volatilidad de los mercados.
Por ello, son y serán esenciales la digitalización y tecnificación del sector. La adopción de tecnologías como la agricultura de precisión, el uso de sensores y sistemas de gestión inteligente permite optimizar recursos, reducir el impacto en el medio, disminuir costes y, por otra parte, mejorar la trazabilidad en un sector en el que la diferenciación por calidad de los productos es, además de esencial, muy valorado por los consumidores.
Es cierto que los desafíos son más acusados en los olivares tradicionales, donde la incidencia de factores climáticos como las sequías, la fragmentación de las explotaciones o las dificultades derivadas de la orografía, son factores que limitan la competitividad. En este caso, adquieren mayor importancia estrategias de integración de productores en cooperativas y entidades asociativas que permitan ganar escala, una negociación adecuada en los mercados, acceder a financiación, así como a formación y asesoramiento especializados.
Este último aspecto, el de la formación de los olivareros y olivareras, es esencial para facilitar la adopción de prácticas agronómicas sostenibles, como la producción ecológica, la fijación de cubiertas vegetales o acciones diversas para la mejora del suelo y la biodiversidad, enfocadas a la rentabilidad y sostenibilidad de las explotaciones.
Además, la diversificación de destinos de nuestras exportaciones y la promoción de nuestros productos son también clave para consolidar la posición de España como líderes mundiales en la comercialización de aceite de oliva.
El sector debe seguir apostando por la calidad, seguir posicionando el aceite español en los mercados internacionales como un producto de excelencia e indudables beneficios para la salud. Tanto en los mercados mayoritarios tradicionales, como Estados Unidos, como en aquellos de alto potencial futuro, como los países del Mercosur, que ofrecen oportunidades de expansión del consumo de nuestro oro líquido.
Nuestro compromiso con el sector y su rentabilidad es firme. Para ello, ponemos a su disposición diversas medidas de apoyo a la innovación y al desarrollo rural: el Plan Estratégico Nacional de la PAC 2023-2027, que incluye prácticas específicas para cultivos leñosos y ayudas al olivar en dificultades y otras líneas de actuación recogidas en la hoja de ruta del olivar. Todos estos instrumentos buscan impulsar un modelo más competitivo y sostenible.
Las estrategias más eficaces y ganadoras para mejorar la rentabilidad del sector serán las que combinen tradición e innovación, identidad y eficiencia, sostenibilidad y orientación al mercado. España cuenta con el conocimiento, la experiencia y las condiciones necesarias para mantener su liderazgo mundial en la producción de aceite de oliva. Es responsabilidad de todos que ese liderazgo se traduzca en prosperidad para los agricultores, calidad para los consumidores y equilibrio para los territorios rurales.