Antes de que llegue agosto, hay un ritual que se repite en casi todas las ciudades españolas. Caminamos pegados a las fachadas buscando la sombra, cambiamos de acera si un árbol nos promete unos metros de alivio y aprendemos, casi sin darnos cuenta, qué banco del parque permanece fresco a las seis de la tarde. En verano, la sombra deja de ser un lujo para convertirse en un bien de primera necesidad.