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Un superalimento del siglo XXI… para todos

Un superalimento del siglo XXI… para todos

Pedro Barato
Presidente de la Interprofesional del Aceite de Oliva Español

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Tnemos la suerte de vivir en el país que produce, en abundancia, los mejores aceites de oliva del mundo. Esta idea lleva años siendo uno de los ejes de la comunicación de la Interprofesional del Aceite de Oliva Español en el mercado nacional. Vivir en España nos permite acceder a un producto con una relación calidad-precio imbatible. Es más, en cuanto tengo la oportunidad, no dejo de presumir de un sector que es capaz de poner en nuestras tiendas aceites de oliva vírgenes extra multipremiados en los más prestigiosos concursos mundiales, presentados en unos envases que, por otra parte, derrochan creatividad. En definitiva, vivir aquí permite a cualquier persona acceder a un auténtico lujo que podemos disfrutar todos los días, como llevamos haciendo generación tras generación en este país. O eso queríamos creer.

Esta misma semana nos hemos enterado de que hay colectivos en nuestro país que no corren esa suerte. Me estoy refiriendo a los usuarios de los servicios sociosanitarios, como hospitales y residencias de mayores, o a los escolares que tienen que hacer uso de los comedores de sus centros. Un estudio encargado por la organización que tengo el honor de presidir sobre el uso de los aceites de oliva en la restauración colectiva en España nos ha dejado perplejos. Los aceites de oliva tan sólo han supuesto el 25% del volumen de los aceites vegetales utilizados en el sector de la restauración colectiva en 2019. Y lo más preocupante de todo, es un fenómeno que se agrava con el tiempo, ya que el estudio ha constatado que desde 2017 han perdido seis puntos de participación en el consumo de aceites en este canal, pasando del 31 al 25%. Y estamos hablando de un sector, el de la restauración colectiva, que no deja de crecer en nuestro país. Sólo en 2019 los servicios destinados a colectividades supusieron una facturación de más de 3.200 millones de euros. Y en un momento en el que el precio de los aceites de oliva era francamente bajo.

La explicación “de libro” para este fenómeno es que el coste de los aceites de oliva es inasumible para unas empresas que trabajan, en su mayoría, con concesiones públicas y, por lo tanto, con márgenes muy ajustados. En el país donde nace el aceite de oliva no parece de recibo que las Administraciones primen el ahorro de unos céntimos de euro por menú antes que ofrecer a colectivos especialmente sensibles todos los beneficios de la Dieta Mediterránea, de la que los aceites de oliva constituyen uno de los pilares fundamentales. Habrá quien alegue que a muchos de los usuarios de esos servicios no les importa realmente qué aceites vegetales se emplean en la elaboración de sus menús. Pues bien, los españoles, cuando tienen que elegir qué aceites consumen en sus casas, optan mayoritariamente por los aceites de oliva. No lo digo yo, así lo refleja el Panel de Consumo Alimentario del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. De hecho, el 66% de todos los aceites consumidos en el hogar en 2019 eran aceites de oliva. Es decir, el 66% del consumo en hogares frente al 25% de la restauración colectiva. ¿Por qué esa diferencia? Muy fácil, porque el que toma la decisión de compra en el hogar es consciente de lo que está comprando y las ventajas que obtiene a cambio de su dinero. Ahora mismo, cientos de miles de usuarios de la restauración colectiva no tienen esa posibilidad. Creo que ha llegado el momento de reflexionar sobre este hecho para que se tomen las medidas oportunas que permitan acabar con esta anomalía.