El sector del olivar y del aceite de oliva constituye una de las piezas clave de nuestro sistema agroalimentario, por su importancia económica y social, por su papel esencial en la sostenibilidad y vertebración territorial y medioambiental y como pilar fundamental de la dieta mediterránea. Por todo ello, este sector ha estado siempre en el centro de las políticas agrarias diseñadas por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) y, por supuesto, es parte central en todos los esfuerzos encaminados a apoyar y fomentar la investigación, la innovación y la sostenibilidad del sector agrícola y alimentario nacional.
El sector del olivar y del aceite de oliva combina a la perfección una dualidad que es muy bien recibida y valorada por los consumidores, y que se debe potenciar: la tradición y la modernidad.
La tradición en el olivar español se explica por si sola. La modernidad exige dar respuesta a los desafíos que se plantean y que, en términos de investigación y de innovación, vienen fundamentalmente canalizados por dos circunstancias: el mercado y la competitividad, por un lado, y la sostenibilidad, por otro.
Los retos son evidentes y, como muchos otros sectores, el olivar se enfrenta a la incertidumbre climática como estamos viendo en las últimas campañas y la volatilidad de los mercados. Por otra parte, ha de dar respuesta a las demandas y sensibilidades del consumidor y aportar en el avance de prácticas más sostenibles ambientalmente.
Todas estas cuestiones no pueden atenderse sin apostar por la digitalización, la automatización y la tecnificación de los procesos en las explotaciones y las industrias.
El sector está apostando por técnicas de agricultura de precisión, automatización de procesos, uso de sensores, detección y control de plagas y de necesidades de inputs, o sistemas de análisis de datos y gestión inteligente. Todo ello, con el claro objetivo de optimizar recursos, incrementar la eficiencia, reducir costes y, en definitiva, mejorar la competitividad. También permite mejorar la trazabilidad en un sector en el que la diferenciación por calidad de los productos es esencial.
Es inevitable, en esa misma línea, comentar la importancia de los medios de producción, la investigación en la mejora varietal, en la que las nuevas técnicas de mejora genética tendrán mucho que aportar, máxime ante la variabilidad climática, así como el avance en estrategias de aplicación eficiente de fertilización, fitosanitarios y riego.
La calidad de nuestros aceites es otro de los bloques fundamentales, tanto en su papel en el ámbito de la salud y la nutrición, como en el de la optimización de sus estándares de calidad y su trazabilidad y control.
Igualmente, hay que citar la importancia del olivar en términos de bioeconomía, siendo objeto de un importante volumen de proyectos de investigación e innovación, especialmente en lo referente a la generación de energía y al aprovechamiento de subproductos, tanto los tradicionales como el hueso, los restos de poda o el orujillo, como las nuevas aplicaciones que pueden ser generadas: bioplásticos, biofertilizantes, productos cosméticos, etc.
Y todo ello, debe ser explorado sin perder la referencia y el equilibrio de la transversalidad que supone la sostenibilidad del sector en sus tres ejes: económico, social y medioambiental.
Por supuesto, el sector es activo en su demanda de apoyo de las políticas públicas para poder abordar todas estas cuestiones, y a la administración le corresponde responder con el objetivo de generar las sinergias necesarias.
Desde el MAPA se despliegan diferentes herramientas normativas y financieras, para contribuir a todos estos fines. Es el caso del apoyo a la agricultura de precisión en el marco de los fondos Next Generation, o las ayudas del Plan Renove, o de los proyectos impulsados en el marco de las políticas de desarrollo rural y de innovación, pero también a través del apoyo a organismos públicos, universidades o centros de investigación.
Por citar un ejemplo reciente de apoyo a la innovación en el sector oleícola español, en el contexto de los proyectos de la Asociación Europea para la Innovación en materia de productividad y sostenibilidad agrícolas (AEI-Agri), en la última concesión de subvenciones, cuya resolución de 2026 es aún provisional, se incluyen cuatro proyectos que tienen al olivar como eje central y se circunscriben a temas concernidos: la adaptación varietal, el diseño de modelos predictivos de rendimiento, el control de la calidad y el desarrollo de sistemas de inteligencia artificial en el olivar.
En España solo el 11,3% de las empresas agroalimentarias utiliza Inteligencia Artificial, situando la innovación como principal motor del sector oleícola, al mismo tiempo que varias universidades públicas españolas están desarrollando, con el apoyo del MAPA, sistemas capaces de clasificar aceites y predecir su calidad antes de la salida de la almazara, con una precisión superior al 90% en la distinción entre categorías y validados en cooperativas olivareras, con datos reales y en campañas reales.
Sin duda, la Inteligencia Artificial es uno de los factores principales de competitividad futura del sector, por lo que, junto a la digitalización, tiene que estar al alcance de todo el mundo y constituirse como una herramienta de igualdad.
Por otra parte, cabe destacar el apoyo que desde el Ministerio se otorga, a través de las políticas del primer pilar de la Política Agraria Común (PAC), al sector del olivar, que contribuyen a su sostenibilidad económica, como las ayudas desacopladas o la ayuda asociada al olivar tradicional, o en términos de sostenibilidad ambiental, a través de los ecorregímenes. La ausencia de estos apoyos básicos dificultaría acometer los retos descritos.
El presente y futuro de este sector pasa por identificar, fomentar y apoyar las estrategias que combinen tradición e innovación, identidad e investigación, sostenibilidad y competitividad. España tiene el conocimiento, la experiencia y las condiciones para seguir siendo el líder mundial en aceite de oliva. Es una responsabilidad conjunta entre el sector y la Administración asegurar que ese liderazgo se traduzca en prosperidad para nuestros agricultores y territorios rurales y en calidad para nuestros consumidores.