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¿Quién nos da de comer?

Mercacei Semanal 1.173

lunes 10 de febrero de 2020, 11:15h
El pasado año 2019 cerró marcando un nuevo récord turístico en España: el número de llegadas de turistas internacionales fue de 83,7 millones -un 1,1 % más respecto a 2018-, mientras que el gasto de estos visitantes extranjeros en suelo español se incrementó un 2,8 %, alcanzando los 92.278 millones de euros. Los datos, que corresponden a las últimas encuestas de Movimientos Turísticos en Frontera (FRONTUR) y de Gasto Turístico (EGATUR) que elabora periódicamente el Instituto Nacional de Estadística, confirman un nuevo récord, con los niveles más altos alcanzados por la serie histórica.

Estos datos vienen a confirmar lo que hace tiempo se decía en el informe “La gastronomía en la economía española”, elaborado por KPMG. Los turistas se gastan de media más de 18 millones de euros en gastronomía. “Se podría decir que, hoy en día, la actividad gastronómica representa el 33% del PIB y supone el 20% del empleo”, sentenciaba esta empresa auditora.

Todo esto cobra un especial protagonismo ahora que nuestro campo ha salido -literalmente- a la calle a pedir un precio justo para los alimentos. Las organizaciones agrarias denuncian que a los agricultores les cuesta dinero producir los alimentos para la gente y, encima, se sienten niguneados. Es curiosamente doloroso imaginar cómo podemos permitir que se ningunee a los agricultores, ya que sin ellos no podríamos comer. También, literalmente.

Felipe Expósito, un veterano agricultor de cereal y aceitunas del sur de Madrid, aseguraba el otro día a un medio de comunicación: “Si el campo no produce, la ciudad no come. Si no trabajamos, ¿qué van a comer: clavos, tornillos? El pan no se hace de arena, ¿sabes?”. Sería curioso trasladar esta reflexión a las nuevas generaciones Q, X, Y... o como se llame la que parte la pana ahora -que con tantas siglas es imposible aclararse-.

Los veinteañeros -creo que así sí nos entendemos todos- son felices con sus fotos de Instagram y sus bares, restaurantes y coctelerías de postureo. Piden platos que son bonitos, que son fotogénicos y lo cierto es que, probablemente, a muchos les de igual si el relleno es de chocolate, crema o clavos y tornillos. Ellos ya han hecho la foto, tienen sus likes y sus comments digitales de gente que nunca han visto, pero ésa es su realidad. Que ahora venga un agricultor (¿un WHAT?) y le diga que, gracias a él, come -o fotografía o posturea-... pues como que no.

Vivimos en una permanente desconexión de la realidad que empieza a ser deprimente y preocupante a partes iguales. De hecho, en una reciente encuesta a jóvenes de entre 20 y 30 años, la mayoría asegura que si está triste, no lo comunica, “simplemente mandan un emoji con una carita”. El aislamiento es tan generalizado en esta generación que, si antes mentíamos a los padres para salir, ahora son los adolescentes los que mienten a los amigos para quedarse en casa con sus smartphones. De hecho, el dato más escalofriante es que existe incluso un vocablo para esta situación. Es lo que se conoce como hikkomori, un término japonés que se refiere a los jóvenes que se desconectan de la realidad. Dejan de salir con sus amigos, de hacer deporte y hasta de ir al instituto.

Puede que sea un buen momento para reponer ese spot que lanzó Aquarius hace unos años en el que invitaba a todos los urbanitas a irse a un pueblo y reconectar con la naturaleza, ahora -si el cambio climático lo permite- que todavía estamos a tiempo.

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