Durante años, el aceite de oliva virgen extra ha sido el gran olvidado del marketing gastronómico. Mientras el café se convertía en una experiencia casi cinematográfica -con George Clooney mirándonos con intensidad o Brad Pitt prometiendo revelaciones sensoriales cápsula a cápsula-, el AOVE seguía sirviéndose en aceiteras sospechosas, monodosis de plástico o botellas anónimas sin historia ni glamour. Hasta ahora.