La historia reciente nos ha enseñado que las grandes obsesiones geopolíticas rara vez nacen de un mapa bien estudiado. Más bien surgen de una intuición repentina, de una servilleta mal doblada o de una frase pronunciada con excesiva seguridad en una rueda de prensa. En ese selecto club de fijaciones inesperadas ha entrado Groenlandia, una inmensa isla blanca que, por razones todavía discutidas por la ciencia política y la psiquiatría, parece haber despertado en Donald Trump un interés casi enfermizo.