Hay cosas que solo pasan en Madrid. Por ejemplo, que una rosquilla pueda explicar mejor la economía del aceite de oliva que un informe de cien páginas. O que San Isidro, entre chotis, claveles en la solapa y mantones que ondean con más arte que un abanico en agosto, acabe teniendo algo que ver con Nueva York, los millennials californianos y los importadores de Brooklyn. Cosas de la globalización, que empieza en la Pradera y termina en Manhattan.