Hubo un tiempo en que el olivar no conocía alineaciones perfectas ni marcos de plantación calculados al centímetro. Antes de la poda, del riego localizado y de los modelos productivos intensivos, existía el acebuche: silvestre, austero, profundamente mediterráneo. Ese ancestro discreto, muchas veces relegado a lindes, montes y barrancos, vuelve hoy a alzar la voz con una lección tan antigua como necesaria: para resistir el futurorescaldo del futuro, hay que recordar de dónde venimos.