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Rentabilidad e integración: un mismo horizonte para el olivar

Rentabilidad e integración: un mismo horizonte para el olivar

Por Gregorio Álvarez
Presidente de la Asociación Ibérica de Olivar en Seto (Olivérica)

El Día Mundial del Olivo es una ocasión propicia para mirar más allá de las cifras de producción o de los precios coyunturales y detenernos en lo esencial: la capacidad del olivar para seguir siendo un cultivo rentable, vivo y capaz de sostener economías rurales. En un contexto marcado por la volatilidad y los retos climáticos, hablar de rentabilidad ya no es un tema secundario, sino el eje que puede asegurar la continuidad del sector.

Durante años, el debate sobre los distintos sistemas de cultivo ha tendido a simplificar la realidad: tradicional frente a intensivo, intensivo frente a seto. Pero el olivar no se define por dicotomías, sino por gradaciones. Cada modelo responde a un entorno, a una escala y a una estrategia concreta. Todos, en su diversidad, conforman un mosaico agronómico que ha permitido al aceite de oliva llegar a todos los mercados del mundo.

El olivar en seto se ha incorporado a ese mosaico aportando una herramienta de eficiencia y modernización. Su capacidad para mecanizar la recolección, ajustar los consumos de agua y obtener aceites de gran calidad con costes controlados ha permitido mantener la viabilidad de muchas explotaciones que, de otro modo, habrían tenido muy difícil su continuidad. Pero su valor no radica en imponerse sobre otros modelos, sino en convivir con ellos dentro de una estructura productiva más equilibrada y sostenible.

Rentabilidad como vínculo común…

El reto del sector ya no es sólo producir más o mejor, sino hacerlo de manera que las rentas agrarias sean sostenibles en el tiempo. Rentabilidad significa que un agricultor pueda reinvertir, mantener empleo y asegurar la sucesión generacional. Y en ese sentido, el olivar en seto aporta un aprendizaje útil para todos: la importancia de la gestión técnica, de la planificación a medio plazo y del uso eficiente de los recursos.

No obstante, la rentabilidad no depende exclusivamente del tipo de plantación. Intervienen también el tamaño de las explotaciones, la profesionalización, la integración cooperativa y la capacidad de adaptación al mercado. El futuro del olivar, sea cual sea su forma, pasa por fortalecer esa base empresarial y por compartir conocimiento entre sistemas que antes se observaban con distancia.

… y diversidad como fortaleza

El olivar tradicional representa un patrimonio cultural, genético, paisajístico y ambiental de valor incalculable. Su contribución a la biodiversidad, al mantenimiento de suelos y al tejido social de los pueblos es insustituible. El olivar intensivo sostiene buena parte del suministro mundial y permite abastecer la creciente demanda global. Y el seto, con su tecnificación y trazabilidad, facilita la estabilidad productiva y el acceso a mercados cada vez más exigentes.

Cada uno cumple un papel distinto, y ninguno puede entenderse al margen del otro. Frente a la tentación de jerarquizar modelos, conviene observar el conjunto como un sistema abierto, donde la diversidad es una garantía de resiliencia ante los cambios económicos y climáticos.

Olivérica: un puente hacia el futuro del sector

El olivar ha demostrado a lo largo de los siglos una notable capacidad de adaptación, como demuestran los árboles centenarios testigos de la historia. Hoy esa adaptación pasa por integrar innovación, sostenibilidad y rentabilidad bajo una misma mirada. Los avances en digitalización, en gestión del agua o en valorización de coproductos están llamados a ser elementos de unión entre sistemas, no fronteras.

Frente a esta realidad, el papel de una asociación como Olivérica no puede limitarse a la defensa de un único interés, sino actuar como punta de lanza para todo el sector. Nuestra misión es ser el puente que conecte la innovación de vanguardia, generada en universidades y centros de investigación, con el agricultor a pie de campo, sea cual sea su modelo.

En Olivérica impulsamos la integración como motor de cambio: la integración de la tecnología para una Olivicultura 4.0 que nos permita producir más con menos recursos; la integración de prácticas sostenibles que nos abran las puertas a los mercados de carbono; y la integración de conocimiento para profesionalizar la gestión de todas las explotaciones.

El futuro del sector no lo determinará un modelo único, sino la capacidad de todos para cooperar, profesionalizarse y comunicar el valor real del aceite de oliva. Un valor que va mucho más allá del precio: es territorio, es empleo, es paisaje y es cultura. En esa convivencia de visiones reside la clave de la rentabilidad que buscamos. Porque sólo si el conjunto del olivar prospera, el olivo seguirá siendo el símbolo de equilibrio que hoy celebramos.