Si construimos el futuro del aceite de oliva sobre sus valores fundamentales -salud, gastronomía, medio ambiente y cultura mediterránea- podemos crear un sector no sólo rentable, sino también resiliente y orgulloso de su identidad. El aceite de oliva es mucho más que un producto agrícola; es un puente entre las personas, la naturaleza y la historia. En muchas regiones mediterráneas, el cultivo del olivo ha moldeado comunidades, economías y paisajes durante siglos.
Para Grecia, sin embargo, el reto de la rentabilidad también es una cuestión de dirección estratégica. Hasta 1981, el país seguía un modelo agrícola diversificado, profundamente arraigado en la autosuficiencia, la colaboración local y los principios de la economía circular. La transición hacia el monocultivo a través del sistema europeo de subvenciones fue una decisión política que alteró gradualmente el panorama agrícola. En lugar de invertir en la modernización de este modelo diversificado y tradicional y vincularlo a la identidad local, recurrimos a subsidios que a menudo desconectaban la producción de la estrategia.
Casi medio siglo después, esta dependencia ha dejado a la agricultura griega sin un plan coherente. Mientras países como España e Italia convirtieron sus sectores agroalimentarios en motores de diplomacia e influencia exportadora, firmando acuerdos comerciales e invirtiendo en marcas sólidas, Grecia aún tiende a tratar la agricultura como una obligación administrativa en vez de un pilar de la política nacional. En un mundo donde la alimentación se ha convertido en una herramienta de soft power, no podemos permitirnos ser receptores pasivos de apoyo.
La rentabilidad del sector del aceite de oliva dependerá de nuestra capacidad para tratar la alimentación como una estrategia, no como un subsidio. Esto significa invertir en transformación, desarrollo de marca y posicionamiento internacional. Significa comunicar el aceite de oliva no sólo como una grasa saludable, sino como un símbolo de la civilización mediterránea, la gestión ambiental y la acción climática. Los olivares, cuando se gestionan de forma sostenible, actúan como sumideros de carbono y protegen nuestros ecosistemas: otra dimensión de valor que debe reconocerse y promoverse.
En última instancia, el futuro del aceite de oliva pertenecerá a quienes puedan alinear la rentabilidad con el propósito. Al basarnos en la autenticidad, el conocimiento y el respeto por la tierra, podemos garantizar que el aceite de oliva siga representando no sólo valor económico, sino también cultura, sostenibilidad e identidad. Porque hablamos de mucho más que un alimento: es un patrimonio vivo que conecta nuestro pasado con el futuro y un mensaje discreto pero contundente del Mediterráneo al mundo.
