Los olivos son un símbolo de historia milenaria pero también una metáfora de la adaptación de la agricultura a las exigencias de los nuevos tiempos. El aceite de oliva es un producto de alto valor añadido cuya calidad y producción requiere cada vez más de tecnología y procesos, no sólo en su fase de prensado, embotellado y comercialización, sino ya desde antes de la misma plantación de los olivos y manejo del cultivo.
Con esta exigencia para obtener el “oro líquido”, ya no basta con conformarse con lo bien que se adapta un árbol a su entorno y esperar que el clima haga el resto. El agricultor de hoy busca un producto final con una calidad y propiedades determinadas y, lo que no es menos importante, obtener altos rendimientos. La sostenibilidad es el motor de esta transformación, y sólo tiene sentido si cumple las tres partes: ambiental, económica y social. Así se entiende la sostenibilidad del olivar: un cultivo que genera impacto positivo en el medio ambiente, beneficios a los productores y arraigo y riqueza en el territorio. Y para ello, es necesario industrializar, en el mejor sentido de la palabra, el olivar.
El cambio de paradigma se vertebra en dos fases: primero, incorporar la gestión profesional desde la preparación de la finca; y segundo, aplicar el conocimiento agronómico más avanzado para marcar la diferencia. Este es el fundamento de TerraNostra, que gestiona en la actualidad 1.000 hectáreas de olivar y almendro en intensivo y superintensivo, y donde ponemos en práctica el enfoque holístico de CERESTIA. CERESTIA es la solución integral de acompañamiento a los agricultores para adaptarse a los retos de modernización del sector que integra sanidad vegetal (IQV), biosoluciones (Altinco), riego de precisión (Regaber), digitalización (VEGGA) y la compañía de modernización y transformación de fincas TerraNostra.
El reto de TerraNostra es complejo; por ello tiene tanta importancia la fase de transformación como el manejo posterior de la finca. Una buena preparación del terreno previa a la plantación, basada en un levantamiento topográfico para diseñar las evacuaciones de las aguas, la realización de mapas de fertilidad para planificar enmiendas y prever necesidades nutricionales futuras y la determinación de las distintas granulometrías existentes con el fin de diseñar una sectorización que adecue la instalación de riego (caudal y distancia entre goteros, ubicación de los puntos de monitorización) a las necesidades del cultivo… son claves para asegurar la máxima eficiencia de la plantación.
En 2025, la digitalización ha dejado de ser, por sí sola, un elemento diferenciador en la olivicultura. Lo relevante ya no es disponer de sensores o plataformas digitales, sino el uso que se le da a los datos para resolver los problemas reales del cultivo y las decisiones que tomamos con ellos: ajustar estrategias de riego en función de la demanda hídrica del olivo, optimizar la nutrición según el estado fenológico o anticipar riesgos de plagas y enfermedades mediante indicadores precisos. En definitiva, pasar de acumular información a aprovecharla para mejorar la eficiencia y maximizar el potencial del sistema productivo.
Del mismo modo, las certificaciones -ya sea producción ecológica, de huella hídrica, etc.- tampoco son, por sí mismas, garantía de calidad o diferenciación. Su verdadero valor aparece cuando las prácticas que las sustentan se aplican con rigor técnico y sentido agronómico. En este contexto, por ejemplo en el ámbito de la nutrición vegetal, los productos bioracionales deben entenderse no sólo como un requisito para ser más ecológicos y respetuosos con el medio ambiente, sino como una herramienta estratégica para dar respuesta a los retos cotidianos del agricultor, lograr una fertilización más eficiente, favorecer el equilibrio físico, químico y biológico del suelo y conseguir un cultivo más regulado, resiliente y con un producto final de mayor calidad.
La olivicultura del presente no se mide por el grado de digitalización, sino por la capacidad de integrar tecnología, conocimiento y sostenibilidad para que la toma de decisiones impacte de forma tangible en la producción y en la rentabilidad, y que permita al agricultor una mejor calidad de vida.
