Para alcanzar la máxima rentabilidad de forma sostenible, la clave no está en producir mucho, sino en producir bien. En la agricultura, la sostenibilidad ya no puede ser una opción, y producir bien significa hacerlo con inteligencia agronómica, margen ecológico y visión a largo plazo. No basta con un enfoque puramente agronómico: para activar las palancas de la rentabilidad es necesaria una base agroecológica sólida, una mirada al sistema agroalimentario y la consideración de los factores estructurales y de política agraria que la condicionan.
Corto plazo y sostenibilidad son, sencillamente, incompatibles. Además, la agricultura debe ser, por naturaleza, una apuesta a largo plazo. La propia etimología lo recuerda: ager (campo) y cultura (cuidar y cultivar). No se trata sólo de extraer alimentos, sino de mantener viva la tierra y asegurar que siga dando frutos generación tras generación. Cuando en lugar de cultivarla se exprime al máximo y en el menor tiempo posible, ya no es agricultura, sino minería. Una actividad extractiva que deja tras de sí una huella que va más allá de la finca: esquilma el agua, agota el suelo fértil, degrada el paisaje agrario y debilita el mundo rural. Producir bien no es sólo una estrategia económica más sólida; también es una responsabilidad compartida con el territorio.
Buscar el mayor volumen de producción es lógico, pero no siempre lo más rentable. Producir al límite, sin margen de seguridad, es una estrategia frágil y abocada al fracaso. En buena parte del olivar ya se perciben sus consecuencias: suelos degradados, mayor dependencia de insumos, costes al alza y cosechas inestables. Por ello, la respuesta no está en buscar el máximo, sino un óptimo sostenible. Buscar una buena productividad, pero dejando un margen ecológico y operativo que permita resistir los altibajos del clima y del mercado. Ese margen no frena, protege. Es ahí donde los costes se estabilizan y la rentabilidad se sostiene.
Para avanzar en esta dirección hay que revisar en qué recursos se apoya la producción. No se puede sostener un modelo basado en insumos no renovables, como fertilizantes de síntesis o plaguicidas, que encarecen los costes y aumentan la dependencia. Hay que confiar en los recursos renovables que ofrece el propio sistema: la fertilidad natural, la regulación de plagas y la materia orgánica del suelo. En ese equilibrio reside la base de una producción que no sólo rinde, sino que perdura.
La sostenibilidad no sólo consiste en gastar menos, sino en gastar mejor. Se trata de reducir la dependencia de insumos externos y aprovechar los recursos propios. A esta ecuación se suma un problema creciente: la falta de mano de obra, que condiciona costes y estrategias de manejo y que requiere respuestas desde el sector y la política agraria. Invertir en capital natural, en vender mejor y optimizar labores es, en este contexto, una forma eficaz de estabilizar costes.
Vender bien es determinante para cualquier tipo de olivar, pero se antoja vital para el que no puede competir en volumen con el superintensivo. Su viabilidad depende de diferenciar su producción y posicionarla en segmentos que reconozcan su calidad y las externalidades positivas que genera. La biodiversidad, el paisaje, la cultura y el arraigo social son activos reales si se comunican y certifican con rigor. Para lograrlo, es imprescindible invertir en valor añadido: en promoción, comunicación y certificación, en generar confianza en los consumidores. Convertir estas externalidades en valor de mercado es una estrategia clave para transformar sostenibilidad en rentabilidad y asegurar el futuro económico del olivar que conserva su capital natural.
