En condiciones habituales, la plaga presenta dos generaciones anuales. Así, este lepidóptero pasa el invierno como larva activa en el interior de galerías. A finales de invierno comienzan a observarse las primeras crisálidas, iniciándose el vuelo de adultos, cuyo máximo suele registrarse entre abril y mayo. Las nuevas larvas alcanzan su máxima presencia a mediados de mayo. A su vez, tras un descenso de la actividad en verano, a partir de septiembre se intensifica la crisalidación, dando lugar a una segunda generación, generalmente menos intensa, cuya puesta se prolonga hasta octubre.
La RAIF ha explicado que la hembra deposita los huevos de forma aislada o en pequeños grupos en zonas favorables como grietas de la corteza, heridas de poda, nódulos de tuberculosis, inserciones de ramas o bifurcaciones.
Tras la eclosión, la larva penetra rápidamente en el interior del árbol, excavando galerías entre la corteza y la madera, donde permanece durante todo su desarrollo.
Los daños se manifiestan como debilitamiento progresivo de ramas o del árbol completo; amarilleamiento y pérdida de vigor en la vegetación afectada; y secado de ramas, pudiendo provocar la muerte del árbol en plantaciones jóvenes.
En cuanto a los síntomas más característicos figuran fisuras y abultamientos en la corteza (“piel de elefante”); presencia de glomérulos externos de color marrón (excrementos) unidos por hilos de seda; y decaimiento vegetativo, con defoliación progresiva en las ramas atacadas.
Los ataques más severos suelen estar asociados a situaciones de estrés o daños previos, como heladas, granizo, malas prácticas de poda o deficiente entutorado en plantaciones jóvenes, según la RAIF.
También ha apuntado que, siguiendo los principios de la Gestión Integrada de Plagas, el control del abichado debe priorizar medidas preventivas y sostenibles, ya que su manejo resulta complejo por la simultaneidad de estados biológicos y la protección que ofrece la madera al desarrollo larvario.
En este contexto, las estrategias deben basarse fundamentalmente en prácticas culturales que reduzcan la susceptibilidad del cultivo y limiten el establecimiento de la plaga, tales como minimizar la aparición de heridas en troncos y ramas, mediante una adecuada ejecución de las labores de poda y el uso correcto de maquinaria y aperos; prevenir daños por insolación en los troncos, especialmente en plantaciones jóvenes, mediante técnicas de protección adecuadas; favorecer el estado fisiológico del arbolado, promoviendo su recuperación tras situaciones de estrés abiótico (heladas, granizo, sequía); garantizar un entutorado correcto que evite rozaduras y daños mecánicos en la planta; y programar las labores de poda y desvaretado fuera de los periodos de máxima actividad de vuelo de adultos, especialmente en primavera.
Según la RAIF, el recurso al control químico debe considerarse como última opción, únicamente cuando el seguimiento y los umbrales de intervención así lo justifiquen. En tal caso, siempre utilizando productos registrados y uso autorizados en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) para el cultivo; seleccionados conforme a criterios de eficacia, selectividad y menor impacto ambiental. Las aplicaciones deberán realizarse en los momentos de mayor vulnerabilidad de la plaga (eclosión de huevos y primeros estadios larvarios), asegurando una correcta localización del tratamiento en las zonas de riesgo, como heridas, inserciones de ramas y cuello del árbol.